Wednesday, January 16, 2008

La Argentina inexplorada / Jujuy

LA NACION REVISTA
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Otra postal norteña

LNR recorrió el Monumento Natural Laguna de los Pozuelos y descubrió otra belleza: la de un paisaje amarillo e infinito, donde el atardecer toma el color de los flamencos, y los pobladores, de origen colla, aun basan buena parte de su economía en el trueque y el pastoreo de llamas, cabras, ovejas y vicuñas


Abra Pampa, Jujuy.– Este es un pueblo chico pintado del color adobe de la Puna. Su infierno grande es una mina abandonada con sus residuos hace 25 años, a pocas cuadras de la plaza central, donde se fundía el plomo que hoy el 81% de los chicos del lugar lleva en la sangre, según un informe de la Universidad de Jujuy.

Para llegar hasta aquí, hay que atravesar la línea imaginaria del trópico de Capricornio, siempre hacia arriba, por la pendiente de la ruta nacional N° 9, que recorre la quebrada de Humahuaca, Patrimonio de la Humanidad desde 2003, y la postal más típica que ofrece al mundo esta provincia. La belleza colorida –y for export– de Purmamarca, Maimará, Uquía y Tilcara contrasta con la pobreza resignada de este páramo olvidado donde de día se ven más imágenes de la Virgen que personas, y las noches se pasan a puro coqueo, cumbia y torrontés.

Hemos venido en busca de un paraíso inexplorado. Porque hay infierno, pero también un cielo infinito y tan celeste que quema la vista. Nuestro destino es el Monumento Natural Laguna de los Pozuelos, a 50 kilómetros de Abra Pampa por la ruta N° 9. Aunque en esta época del año la laguna esté prácticamente seca –quizás, como aseguran algunos parroquianos, en parte también por causa de la contaminación–, alberga una población aproximada de 25.000 flamencos, de tres de sus cinco especies reconocidas: el austral y dos propios de la Puna, la parina grande y la parina chica. Se hace difícil saber si fue primero el color del atardecer o el de sus plumas. Es sólo ver su vuelo rosado sobre el paisaje del altiplano para que invada la tranquilidad de la misión cumplida.

Cuesta creer que el enorme valle sobre el que corren, tan cerca de nosotros, los rebaños de llamas, de vicuñas y de suris –una especie de ñandú petiso, natural de la Puna– esté a 3750 metros sobre el nivel del mar. En su máxima cota, la laguna ha llegado a ocupar 15.000 hectáreas. Ahora apenas si llega a cien. Y aún así es un espejo de patos maiceros, barcinos y punas, éstos originales de la región y que se los reconoce por su pico azulado.

Lo demás es ocre y amarillo, salpicado por el verde seco de los tolares, que servirán de leña a los pobladores. Y alrededor todo termina en cerros. Es el mismo paisaje que se repite en cualquier dirección, alterado por las precarias casas de los pobladores, que viven del pastoreo de llamas, ovejas, cabras y burros, y aun basan buena parte de su economía en el trueque. En total son cerca de 46 familias de ascendencia colla asentadas a la vera de la laguna.

Vivir mal y poco

Felipa tiene 54 años y la cara curtida de tanto andar al sol. Parece mayor, mucho mayor. “Todo el día estoy afuera; como muy poco. Aquí la vida es muy dura, y se acaba pronto”, dice, como si el peso de la resignación la obligara a arrastrar cada palabra. La misma con la que tuvo que acostumbrarse a la sequía: “Ya no hay agua en la laguna. Sabía haber, pero cada año llueve menos”.

El guardaparque Gabriel Rocca, intendente de Pozuelos y nuestro guía en este viaje, dice que en la relación con los pobladores originarios el rol del personal de Parques Nacionales ha cambiado mucho durante los últimos años. “Antes, el hombre que habitaba los parques no era tenido en cuenta más que para su expulsión. Hoy se trabaja especialmente la integración con la comunidad, y se respeta el derecho indígena sobre las tierras y sus recursos”, explica Rocca.

En Abra Pampa, el contexto ha hecho que pongan el énfasis en ayudar a que los collas reclamen su participación en las explotaciones mineras, especialmente para que puedan exigir condiciones ambientales sustentables. “Aquí hay barrios construidos sobre la escoria del plomo. Chicos que no crecen, ni física ni mentalmente, por los niveles de plomo que tienen en la sangre. A veces es como si la vida de un colla valiera menos que una bolsa de plomo. Y el cambio es muy difícil: éste es un pueblo que ha pasado por 500 años de sometimiento”, dice Rocca.

En la plaza del pueblo, las mujeres hacen fila con sus hijos, en silencio, para que les saquen sangre en la casilla que el gobierno jujeño habilitó para poder relevar los índices plombemia en los habitantes.

Sólo después de que retiren las bolsas con los residuos de la mina abandonada los que estén contaminados podrán empezar un tratamiento para evitar posibles secuelas (como retrasos físicos y neurológicos, cáncer de útero, cáncer de huesos), explica el director de Política Sanitaria de la Provincia, Carlos Ripoll, que está allí trabajando con su equipo de enfermeras. “Si las fuentes de contaminación están presentes, es contraproducente, porque el plomo se absorbe más”, dice Ripoll. Confía en que el retiro se complete en unos seis meses. Quizás entonces sea el tiempo para que la Puna deje ver su paraíso, que también es grande.

Por Mercedes Funes
mfunes@lanacion.com.ar
Enviado especial