Monday, January 21, 2008

PARQUE NACIONAL SIERRA DE LAS QUIJADAS



Foto: Martín Lucesole

LA NACION REVISTA

La Argentina inexplorada III / San Luis

LA NACION REVISTA


http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/revista/nota.asp?nota_id=979423

Un lugar en el mundo

A 120 km de la capital puntana, el Parque Nacional Sierra de Las Quijadas es el fruto de millones de años de movimientos geológicos, que han creado un paisaje desértico y montañoso de una belleza fuera de este mundo

SAN LUIS.- El rojo de esa tierra árida que se deshace con cada pisada lo inunda todo. Fragilidad, desolación, sequedad. Polvo y arena imperan en una geografía tan caprichosa como única. Una postal de profundos cañones que dibuja en cada paso una imagen diferente en esos imponentes paredones que, golpeados por escasos vientos secos, desnudan la fragilidad de esas rocas que parecen descascararse.

¿Marte? No, no es Marte, pero basta sólo una mirada para sentir que uno tiene los pies en un paisaje más marciano que terrestre. Un cielo abierto, infinito, es testigo del silencio más absoluto, ese que deja que los pensamientos se escapen entre los labios que resisten la sequedad del aire mezclado con sal y el cianuro que se desprende del interior de la sierra.

Entre las rocas parece esconderse un John Wayne que espera librar una batalla en el mismísimo Gran Cañón del Colorado. La voz de Rubén Neira, intendente del Parque Nacional Sierra de Las Quijadas, rompe con el hechizo y revela las curiosas formaciones prehistóricas que se dibujan en el suelo desértico. Ya nada resulta imposible. El lento y pesado andar invita a un viaje al pasado en un lugar que remite a tantos y lo hace tan único. Y la mirada, otra vez, quiere abarcarlo todo y como una mueca la cabeza acierta, no hay duda del por qué, Adolfo Aristarain encontró en las Quijadas Un lugar en el mundo.

Area protegida

“Sobre 150 mil hectáreas de tierra se extiende El Parque Nacional Sierra de Las Quijadas”, cuenta Neira sin perder de vista la Ruta nacional Nº 147 que une la capital de San Luis con el imponente paisaje dominado por enormes muros de tierra y piedra.

Dice la historia que las sierras surgieron de un plegamiento de hace 25 millones de años y que desde ese entonces nunca se quedaron quietas. “Permanentemente las montañas de tierras son erosionadas por el agua y el viento”, explica el intendente del parque, lo que dio lugar a quiebres que generaron valles y quebradas profundas.

Integrada a la lista de Parques Nacionales en 1991, con el objetivo de conservar los ambientes representativos del Chaco árido y del monte y la preservación de yacimientos arqueológicos y paleontológicos, Sierra de las Quijadas está ubicada en el noroeste de la provincia de San Luis, en los departamentos Belgrano y Ayacucho y forma parte de uno de los tres grandes cordones montañosos que atraviesan la provincia: Sierra de Comechingones, cuyo cerro más alto, el de las Ovejas (2250 m), protege a la villa de Merlo y la Sierra de San Luis, sobre la que se recuesta el valle de Conlara.

Todo paisaje enigmático y monumental merece una historia casi cinematográfica para justificar el porqué de su nombre, y vaya que las Quijadas hace honor a la premisa. Cuentan que a fines del siglo XIX, las caravanas que unían San Juan con Buenos Aires sí o sí debían atravesar el paisaje, donde los esperaban los asaltantes de caminos que, ocultos entre las rocas, daban el golpe. Con su botín en mano, los gauchos matreros se perdían entre las laberínticas paredes. Allí mismo faenaban las vacas robadas y, entre los huesos esparcidos, los que más llamaban la atención de quienes recorrían esos caminos con terror eran las quijadas (mandíbulas) de los animales. Por lo que se comenzó a hablar de “los gauchos de las quijadas”. Generación tras generación se escuchó esta historia que, según dicen, dio origen al nombre de las sierras del noroeste puntano.

Mundo perdido

Quijadas, resabio de un territorio antiguo cuyo suelo permite leer las señales que dicen que hace millones de años existió en este lugar una inmensa laguna en la que se alimentaban dos especies de pterosaurio (reptiles voladores). El fósil sorprendió por su peculiar barba dentaria, que le permitía alimentarse filtrando microorganismos acuáticos como lo hacen las ballenas. También se encontraron huellas que parecen corresponder a diferentes tipos de dinosaurios: ornitópodos, saurópodos y terópodos.

El clima semiárido, con escasos cursos de agua y suelo desértico, posibilitó que se hallaran en las sierras valiosos yacimientos paleontológicos. Diversos rincones del parque atesoran troncos y raíces petrificadas. “Shhhh...–chista Rubén Neira–. Escuchen el silencio.” Por un instante uno puede sentir que un dinosaurio va a aparecer de un momento a otro.

A pocos kilómetros de la entrada hay un emplazamiento de más veinte hornillos o botijas usados por las poblaciones originarias, presumiblemente para la producción de cerámica, lo que da evidencias de antiguos asentamientos humanos.

Mucho hicieron el viento y el agua para dar forma a este paisaje repleto de columnas, farallones, acantilados, graderías y cornisas. Una invitación que bien vale la pena aceptar. Para ello se ofrecen tres circuitos: el de los Farallones, el de los Miradores y el de la Huella. Este último es el más accesible: cuenta con un sector alto y uno bajo que permite disfrutar de excelentes vistas del Potrero de la Aguada, una hoya profunda de ocho kilómetros de largo y seis de ancho, cavada por el viento y el agua en el vientre de la sierra. Uno de los principales atractivos que motivaron la elección de la zona como parque nacional. Para llegar al sector bajo y rastrear algunas huellas de pterosaurios y saurópodos hay que descender entre las rocas durante una hora.

El circuito de los Miradores requiere de un esfuerzo menor: permite observar desde lo alto el Potrero de la Aguada y el de los Farallones, que se encuentra al otro lado del valle. Para descender al valle, cruzarlos e internarse en los Farallones, grandes paredones que superan los 200 metros de altura, se requiere de cuatro horas y buen estado físico. Hay senderos interiores y huellas que permiten recorrer distintos sectores del reservorio y ser testigo del fino trabajo del viento sobre la piedra.

En perfecta armonía los tonos rojizos conviven con el verde de una vegetación que no pide permiso para crecer y se hace lugar en este paisaje desolado y de escasa humedad, que exige a las plantas poseer hojas pequeñas o transformadas en espinas. La jarilla, el cactus, el robusto quebracho blanco y chica (arbusto también llamado pequeño árbol, endémico de crecimiento lento y de madera dura), penden de altas paredes rocosas.

Por este mismo escenario transitan pumas, pecaríes, tortugas terrestres, la boa de las vizcacheras, guanacos, matuasto (lagarto grande medio amarillento) y zorros grises (suelen acercarse a la gente en busca de comida), el cardenal amarillo y el águila coronada, el loro barranquero, el pepitero de collar, el hornero, la chuña chica, mora, el cóndor y el halcón peregrino. El avistamiento de fauna no es tarea fácil, pero las medidas de preservación vigentes dentro y fuera del parque ya están dando resultados. Entre esas medidas de preservación se encuentra el control de la caza, que en buena parte realizan Félix Pereyra (28), guardaparque de apoyo, y Raúl Ocaña (25), voluntario. “Solemos internanos y permanecer varias noches a la espera de cazadores –explica Félix–, es una forma de control y de marcar territorio.”

Con la ayuda de los voluntarios se crean caminos, se señalizan senderos. “Con las motos recorremos y buscamos nuevos caminos –cuenta Raúl–, además de mantener contacto con las comunidades que viven a los alrededores del parque.”

Rubén Neira hace hincapié en la importancia de trabajar con las comunidades, en su mayoría descendientes de criollos y huarpes. “Es un trabajo de identidad, de identificación, de descubrir la zona y revalorizarla sin excluirlos; al contrario, es importante que las comunidades se incluyan, es la única manera de mantener un sano equilibrio. Integrar, de eso se trata.”

En ese integrar armonioso del hombre con la naturaleza sobresale el respeto por los recursos, por el trabajo y, sobre todo, el amor por esta tierra que deja leer en sus perfiles la historia labrada por los siglos.

Por Fabiana Scherer
fscherer@lanacion.com.ar

Para saber más:

www.parquesnacionales.gov.ar

www.lasquijadas.com

www.sanluis.gov.ar

Un ventana al pasado

Las tierras del Parque Nacional Sierra de las Quijadas fueron erosionadas a través de los siglos por el agua y el viento, conformando caprichosas formas, como por ejemplo el Potrero de la Aguada: un impactante anfiteatro natural recorrido por un pequeño arroyo y rodeado de cerros, como el Cerro El Portillo, de 1200 metros sobre el nivel de mar, y el Cerro El Mogote, de 1100 metros, son las mayores elevaciones. Según estudios realizados por la Universidad Nacional de San Luis, el licenciado David Rivarola establece que “el relleno de la cuenca de Quijadas pudo haber durado unos 20 millones de años aproximadamente, y sobre la base de los datos de que se disponen es posible estimar qué sucedió entre los 120 y 100 millones de años atrás, durante el período cretácico de la era Mesozoica.

Durante ese tiempo se acumularon más de mil metros de sedimentos con características y fósiles particulares en cada etapa.

Las características de cada una de ellas, por ejemplo su composición, color, etcétera, permitieron dividir al conjunto de capas en varias formaciones geológicas, que son las que hoy se observan transitando las quebradas y valles de las Quijadas”.

Cómo llegar

Desde la ciudad de San Luis se llega por la ruta nacional Nº 147, que constituye uno de los límites del parque. A la altura del paraje de Hualtarán –a 120 km de San Luis–, se toma un camino de tierra que se interna en el parque, y luego de aproximadamente 8 km se llega al Potrero de la Aguada. Desde la ciudad de San Juan o desde el nordeste de San Luis, se accede por la ruta nacional Nº 20, empalmando por la ruta nacional Nº 147.

Servicios

Es importante que antes de viajar se informen en las direcciones electrónicas y/o teléfono de la Oficina del PN Sierra de las Quijadas, sobre los horarios más propicios para realizar la visita en diferentes épocas del año. En el Parque Nacional hay un área de acampe agreste. Como otros Parques Nacionales de reciente creación, el área aún no cuenta con todos los servicios requeridos para el visitante. Se recomienda ir provisto de agua.

Recorridos

Miradores. 1.30 horas de caminata, dificultad baja.

Huella. 2.30 horas de caminata, dificultad media.

Farallones. 4.30 horas de caminata, dificultad de media a alta.

Recomendaciones

Clima. Arido de tipo serrano, con grandes amplitudes térmicas, fuerte insolación en el día y bajas temperaturas por la noche.

Comunicaciones. Muy rara vez los celulares poseen señal.

Estación de servicio. Los lugares más cercanos son Encón, San Juan, a 90 kilómetros; Luján, San Luis, a 100 kilómetros, y San Luis capital, a 120 km Del parque.

Contactos

Parque Nacional Sierra de las Quijadas. Teléfono: (02652) 445-141. Correo electrónico: extensionquijadas@apn.gov.ar; usopublicoquijadas@apn.gov.ar. Administración de Parques Nacionales. Teléfono: (011) 4311-6633/0303. Correo electrónico: informes@apn.gov.ar

Wednesday, January 16, 2008

PARQUE NACIONAL RIO PILCOMAYO



FOTO: GRACIELA CALABRESE - LA NACION REVISTA

La Argentina inexplorada / Formosa

LA NACION REVISTA


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En los dominios del yaguareté

Desde este número, y con el apoyo logístico de Parques Nacionales, LNR inicia un largo recorrido por el patrimonio natural de la Argentina. En este caso, el Parque Nacional Río Pilcomayo, un fascinante mosaico ambiental que concentra el 30 por ciento de las especies de aves y el 20 por ciento de las de mamíferos del país, y que mantiene una estrecha relación con las comunidades aborígenes

Dicen que hay.

Uno, seguro. Tal vez dos. Pero no más que eso. Uno, tal vez dos, en 52.800 hectáreas.

Cuando el lugar y todo lo que rodeaba al lugar, es decir, selva, monte, pastizal, bañado y sabana, cuando las 52.800 hectáreas de hoy eran millones antes, y antes quiere decir apenas un par de siglos, el yaguareté, o jaguar (yaguar, en guaraní), o tigre americano, o uturunco, como también se lo llama, era el mandamás de una vastísima región que se extendía desde el norte argentino hasta las orillas mismas del río Negro. Y más: los dominios de este pariente cercano del tigre asiático y del leopardo africano llegaban hasta el sudoeste de los Estados Unidos. Gracias a sus características únicas (caminante incansable, estupendo nadador, infalible predador y con gran capacidad de adaptación), el felino de mayor tamaño del continente americano y el tercero en importancia en el mundo, puede vivir tanto en el desierto de Mohave, en California, como en el Amazonas; en sabanas abiertas, en zonas anegadas o en las regiones montañosas de Bolivia y del norte argentino. Sólo dos límites frenan al yaguareté: el que le impone el hombre, al estrechar sus dominios, y la naturaleza, que permite su expansión hasta no más de los 2000 metros de altura sobre el nivel del mar.

Declarado Monumento Natural Nacional en 2001, hoy el yaguareté ocupa apenas entre el 10 y el 15 por ciento de su distribución original en la Argentina (se calcula una población de apenas de 250 ejemplares en el país, y alrededor de 10.000 en todo el continente). Su declinación se produjo con la velocidad del rayo. A mediados del siglo XIX vivía en cercanías de los bañados y las lagunas bonaerenses. Y el delta del Paraná era un refugio seguro (la ciudad de Tigre, antes Las Conchas, le debe su nombre). Su éxodo hacia el Norte se explica por la persecución que sufrió por considerárselo peligroso para las personas, por su valiosa piel, por su condición de trofeo en la caza mayor y por la alteración de su ambiente natural debido a la explotación forestal y agropecuaria.

En la actualidad, se lo puede encontrar en el Parque Nacional Iguazú, en Misiones; también, en el nordeste de Salta, el este de Jujuy, el nordeste de Santiago del Estero, el noroeste del Chaco y Formosa.

Precisamente, en el nordeste de la provincia de Formosa, en las 52.800 hectáreas que conforman el Parque Nacional Río Pilcomayo, ubicado en la subregión de esteros, cañadas y selvas de ribera, “hace unos quince años alguien logró ver un ejemplar y avisó de su existencia”, dice el guardaparques Matías Carpinetto, un cordobés de 28 años, técnico universitario en Administración de Areas Naturales Protegidas, a cargo del proyecto Relevamiento de Presencia del Yaguareté en el Parque Nacional Río Pilcomayo y Zona de Influencia. Del otro, del que se cree es el segundo, lo único que se puede apreciar es su huella estampada en un molde de yeso expuesta en la oficina de visitantes de la administración del parque.

A pesar de que el yaguareté hace tiempo dejó de ser la estrella del Parque Nacional Río Pilcomayo, aun cuando en su creación, en 1951, llegó a tener 285.000 hectáreas, lo cierto es que la leyenda del tigre americano sigue intacta. Por eso es que no se puede separar su figura del escenario que agigantó su historia. No es casual, entonces, que lo primero que quieran saber quienes visitan el parque es si todavía quedan yaguaretés. Y entonces les dirán que sí, que hay; que uno, seguro. Tal vez dos.

“En 2002 –explica Carpinetto–, una patrulla compuesta por guardaparques y combatientes de incendios relevó huellas de yaguareté. Este primer indicio permitió, cuatro años después, llevar adelante este proyecto para confirmar fehacientemente la presencia del tigre en el área protegida. Probablemente contemos con una población remanente, pero si definitivamente es una realidad la presencia del yaguareté en el área protegida, queremos facilitar sus posibilidades de existencia mediante las medidas de manejo que estén a nuestro alcance. Lo cierto es que el yaguareté todavía pisa suelo formoseño.”

El molde de la pisada en yeso está sobre una repisa, junto a la huella de un puma que, a diferencia del yaguareté, parece que hay más de dos. Pero los pumas son más. Aunque no tantos como el aguará guazú, conocido también como lobo de crin, lobisón o calac, en lengua qom, o toba, del que se han registrado 81 ejemplares en el período 1998-2005. Una cantidad importante, pero que no supera a la de los yacarés, que abundan. Una rareza de la naturaleza argentina. Rareza no en el sentido de su existencia –según el último censo efectuado entre enero y diciembre de 2005, fueron detectados 640 ejemplares, aunque algunos guardaparques calculan que la cifra puede llegar al millar–, sino porque han sobrevivido al exterminio.

La masacre tiene diferentes formas y caras. Una de ellas es convertir su mundo (el monte, la selva, el palmar, el pastizal) en nada. La otra es el contrabando de especies en peligro de extinción: en la Argentina, el tráfico clandestino de fauna mueve alrededor de 100 millones de dólares al año. Y los ejemplos son contundentes: por un aguará guazú, ejemplar buscado por coleccionistas y zoológicos privados, pueden llegar a pagarse 30.000 dólares; un mono carayá cuesta 900 dólares y por el cuero de yacaré se pagna hasta 500 dólares.

La conservación de ambientes naturales, la preservación de sus especies animales y vegetales y su relación con la comunidad, en especial con los pueblos indígenas, dueños ancestrales de esos espacios, ha tomado un giro histórico en los  últimos cuatro o cinco años. Desde los tiempos fundacionales de la Administración de Parques Nacionales y hasta comienzos del actual gobierno nacional, las áreas protegidas se manejaban tal como fueron concebidas: como burbujas aisladas en vastas regiones del país; lugares exclusivos para unos pocos visitantes. Hoy, ese concepto ha cambiado: ya no se trata de conservar una ecorregión como una isla encerrada bajo una campana de cristal; por el contrario, se apunta a una nueva cosmovisión y a la integración de las comunidades originarias con las áreas protegidas: “la dimensión mágica de las áreas naturales protegidas”, como aclara Néstor Sucunza, intendente del Parque Nacional Río Pilcomayo. Y después amplía: “Las poblaciones indígenas nos enseñan modelos de relaciones y de dimensión del espacio que van más allá de aspectos económicos, productivos o estéticos. Los nativos pueden y deben ser quienes inspiren algunas claves fundamentales olvidadas de lo que debe ser un nuevo paradigma en la relación hombre-naturaleza en la visión del desarrollo”.

La vasta zona chaqueña estuvo ocupada por pueblos indígenas pertenecientes a una gran familia lingüística conformada por varias comunidades de origen patagónico, identificada con el nombre de guaycurú. Muchos de estos pueblos extendieron sus dominios fuera de lo que hoy es territorio argentino. Sólo permanecieron hasta el presente los mocovíes y, en mayor número, los tobas y los pilagás. Los primeros adoptaron el caballo, y su población, que ocupaba todo el actual territorio formoseño, se concentró en el Este, precisamente en las tierras del actual parque nacional.

Los pilagás son los únicos guaycurús que todavía conservan parte de su cultura. Viven desde hace varios siglos en la parte central de Formosa, sobre la margen del río Pilcomayo, y gracias a la gran riqueza biológica del Chaco oriental, la recolección de productos de la naturaleza fue la forma de vida casi exclusiva de estos aborígenes.

La región donde actualmente se encuentra el parque fue base para el asentamiento de productores agroforestales desde fines del siglo XIX, lo que estimuló la colonización del este formoseño, que hasta entonces estaba enteramente ocupado por los aborígenes. Este proceso de colonización agrícola tuvo su culminación con la fundación de la misión Tacaaglé, en 1902, que se expande sobre grandes zonas del actual parque nacional. Fue el inicio de la desaparición de varias especies, entre ellas, el lobo gargantilla, el venado de las pampas, el ciervo de los pantanos y el yaguareté.

En rigor, el Parque Nacional Río Pilcomayo nació con su ambiente alterado cuando Formosa todavía era territorio nacional. Sólo trece años después de su creación la protección del lugar comenzó a ponerse en práctica, cuando Formosa ya era provincia. Durante ese período, el área siguió modificándose por la actividad agropecuaria. Recién a partir de 1991 comenzó la recuperación del área protegida.

Río Pilcomayo es un parque que conmueve por su historia y por su agreste y dura belleza. Se trata de un lugar que, por sus características, obliga a quien lo visita a desplegar toda la paciencia posible. Requiere de tiempo avistar su fauna y entender su geografía. La historia y la naturaleza van de la mano y, al decir de sus guardaparques, conocer el pasado es el primer paso obligado para disfrutar de todo lo que Río Pilcomayo ofrece.

De eso hablan Mariano Lazaric, porteño, y Hugo Servín, formoseño, quienes junto a Diego Espínola, a cargo del sector de laguna Blanca, un espejo de agua de 700 hectáreas que se pone como fuego en los atardeceres y brilla casi inexplicablemente cuando la luna perfora la noche, recorren a diario el parque nacional con el sublime propósito de cuidar que el hombre no interrumpa, modifique, destruya ni altere el lento, silencioso y mágico andar de la naturaleza.

Dicen, además, que el de Río Pilcomayo es un parque que tiene sus complicaciones y que merece una permanente atención. Es que la proximidad del límite norte del parque con la República del Paraguay constituye un serio problema, habida cuenta de las diferencias en las políticas de conservación entre aquel país y la Argentina. “Hay sectores donde el río Pilcomayo apenas alcanza los 30 metros de ancho –explican los guardaparques–, lo cual facilita el paso de animales, tanto domésticos como salvajes. Puede ocurrir que un animal autóctono, con sólo cruzar el hilo de agua, se encuentre en un territorio donde no cuenta con la protección que le ofrece el parque del lado argentino.”

Actualmente se están desarrollando cuatro proyectos surgidos de un convenio entre la Administración de Parques Nacionales y la Fundación Ecosistemas del Chaco Oriental: relevamiento de presencia del yaguareté, uso de hábitat de mamíferos medianos y grandes, evaluación de patrones de diversidad de la ictiofauna y relevamiento de las poblaciones de yacarés negros y overos en laguna Blanca. En suma, uno de los tesoros naturales argentinos al que se le sigue construyendo una estructura de preservación.

Por Jorge Palomar
Enviado especial
jpalomar@revista.com.ar


Ciento Cuatro años

Por Héctor Espina

Hace 104 años se iniciaba la historia de las áreas protegidas de la Argentina: cuando el visionario Francisco Pascasio Moreno donó las primeras hectáreas, que con el tiempo se transformarían en el actual Parque Nacional Nahuel Huapi. Sabemos que la existencia y la conservación de las áreas protegidas hablan de la riqueza de un país que planifica su futuro y desarrolla su presente. Por ello, los parques nacionales y las áreas protegidas deben transformarse en instrumentos del desarrollo sustentable y, como tales, representar verdaderas oportunidades de crecimiento, trabajo y equidad social, dinamizando las economías regionales.

La presencia de un parque nacional no sólo asegura la conservación del área involucrada, sino que además colabora en la irradiación de prácticas de manejo sustentable a las zonas vecinas y garantiza –como una marca registrada de prestigio– la presencia de un atractivo cada vez más apreciado por los operadores turísticos nacionales e internacionales. La diversidad biológica y cultural de nuestra región integra el patrimonio del conjunto de las sociedades, y por ello debe ser conservada, resguardada e incrementada, para beneficio de todos los habitantes. En este sentido, la experiencia histórica demuestra que, abandonados a las reglas del mercado y a la mayor o menor conciencia ecológica de los agentes económicos, los recursos naturales y culturales sufren un deterioro constante y progresivo que directa o indirectamente va en detrimento de la población. Creemos entonces que el Estado –junto con sus aliados estratégicos– tiene el deber de garantizar la preservación de ese patrimonio a través del uso sustentable de los recursos, para que las actividades que se desarrollen en el presente no comprometan el futuro y los intereses colectivos de la sociedad sean resguardados. Nuestros parques nacionales son visitados anualmente por más de tres millones de personas, que aportan, a través de la actividad turística desarrollada durante ese período, cerca de 600 millones de dólares a los pueblos y ciudades que rodean estas áreas. Las últimas encuestas revelan que el 42 por ciento de los turistas europeos que visitan nuestro país lo hacen motivados por conocer algún parque nacional; y que el nivel de satisfacción de los visitantes es considerablemente alto. En los últimos cuatro años, la Administración de Parques Nacionales cuadruplicó su presupuesto, triplicó las áreas con planes de manejo realizados en forma participativa y avanzó, en el último año, en la creación del primer parque nacional de pastizales en la provincia de Buenos Aires.

El autor es presidente del directorio de la Administración de Parques Nacionales


Fauna

La biodiversidad es cuantiosa. En esto desempeña un papel preponderante la gran variedad de ambientes que la zona ofrece como hábitat para la fauna. En este mosaico ambiental se han registrado 295 especies de aves (equivalentes al 30% del total de la Argentina), 68 de mamíferos, 25 de anfibios y 31 de reptiles. Cigüeñas, garzas, biguás, mariposas, zorros de monte, iguanas overas, yacarés, pumas, tucanes, pirañas, boas, tapires, sapos buey, tortugas de agua y las serpientes falsa yarará, yarará grande y la curiyú, que alcanza los 4 metros de longitud. El gavilán planeador, pumas, ocelotes, el aguará-guazú, el ruidoso carayá –o mono aullador–, el nocturno mirikiná, de tan sólo cuarenta centímetros de altura y una cola de treinta, el oso hormiguero... Y el yaguareté (en la foto, su huella en molde de yeso)

Flora

Sobre las márgenes del río Pilcomayo y de sus cauces abandonados, muchos de los cuales pueden volver a tener agua en las crecidas, aparece la selva en galería. Aquí hay árboles tales como el laurel, la espina de corona y el higuerón, muy útil porque muchas aves y murciélagos consumen sus frutos. Como en toda selva, las lianas y enredaderas ocupan gran parte de la masa boscosa. En las isletas de monte, formadas por manchones irregulares de vegetación, predominan los quebrachos blanco y colorado chaqueño, el urunday, el guayacán –que se destaca por su follaje rojizo–, el algarrobo blanco y el negro, el lapacho amarillo y el rosado, y el cardón. En las sabanas con palmar, los palmares de caranday ocupan un vasto sector. Los lugareños aprovechan los frutos maduros fermentados para fabricar una bebida, y el cogollo (fruto) se consume crudo o asado. Las hojas se usan para confeccionar sombreros y pantallas, y los troncos se han utilizado para postes telefónicos y construcciones rurales. Esta palmera puede superar los 20 metros de altura.

En los esteros, bañados y lagunas, los suelos están permanentemente inundados. Se destacan las totoras, el jazmín de bañado, los juncos, la margarita de bañado y la llamada popularmente saeta o flecha de agua.

Entre las plantas flotantes, sobresalen la amapola de agua, el jacinto de agua, el camalote, el aguapé y la estrella de agua o sanguinaria.

Ubicación

Nordeste de la provincia de Formosa. El límite norte lo constituye el río Pilcomayo y una parte del noroeste el denominado río Pilcomayo inferior o sur. La parte que se encuentra recostada sobre el Pilcomayo limita con la República del Paraguay. Los límites sur y este están constituidos por estancias y chacras de producción agropecuaria. La ciudad más próxima de mayor importancia es Clorinda, a unos 40 km. Formosa, la capital provincial, se encuentra a 150 km del parque.

Cómo llegar

Desde Formosa capital hasta la ciudad de Clorinda, por la ruta nacional Nº 11. Desde allí, la ruta nacional Nº 86 hasta cerca del límite sur del parque, en la localidad de Naick Neck. Desde este punto, un camino vecinal lo llevará al parque después de recorrer unos 4 kilómetros. Existe otra entrada, cercana a la localidad de Laguna Blanca. Se trata del Destacamento de Guardaparques Estero Poí, al que se llega también por la ruta 86. El ingreso al parque es gratuito y la temporada más propicia para visitarlo es de marzo a noviembre.

Clima

El parque se sitúa en una zona de clima subtropical templado. Las precipitaciones promedian los 1200 milímetros anuales y la temperatura media anual es de 23°C. En época estival las temperaturas máximas pueden alcanzan los 40°C y los inviernos no están exentos de días con temperaturas bajo cero y heladas.

Monumento Natural Laguna de los Pozuelos


FOTO: DANIEL PESSAH - LA NACION

La Argentina inexplorada / Jujuy

LA NACION REVISTA
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Otra postal norteña

LNR recorrió el Monumento Natural Laguna de los Pozuelos y descubrió otra belleza: la de un paisaje amarillo e infinito, donde el atardecer toma el color de los flamencos, y los pobladores, de origen colla, aun basan buena parte de su economía en el trueque y el pastoreo de llamas, cabras, ovejas y vicuñas


Abra Pampa, Jujuy.– Este es un pueblo chico pintado del color adobe de la Puna. Su infierno grande es una mina abandonada con sus residuos hace 25 años, a pocas cuadras de la plaza central, donde se fundía el plomo que hoy el 81% de los chicos del lugar lleva en la sangre, según un informe de la Universidad de Jujuy.

Para llegar hasta aquí, hay que atravesar la línea imaginaria del trópico de Capricornio, siempre hacia arriba, por la pendiente de la ruta nacional N° 9, que recorre la quebrada de Humahuaca, Patrimonio de la Humanidad desde 2003, y la postal más típica que ofrece al mundo esta provincia. La belleza colorida –y for export– de Purmamarca, Maimará, Uquía y Tilcara contrasta con la pobreza resignada de este páramo olvidado donde de día se ven más imágenes de la Virgen que personas, y las noches se pasan a puro coqueo, cumbia y torrontés.

Hemos venido en busca de un paraíso inexplorado. Porque hay infierno, pero también un cielo infinito y tan celeste que quema la vista. Nuestro destino es el Monumento Natural Laguna de los Pozuelos, a 50 kilómetros de Abra Pampa por la ruta N° 9. Aunque en esta época del año la laguna esté prácticamente seca –quizás, como aseguran algunos parroquianos, en parte también por causa de la contaminación–, alberga una población aproximada de 25.000 flamencos, de tres de sus cinco especies reconocidas: el austral y dos propios de la Puna, la parina grande y la parina chica. Se hace difícil saber si fue primero el color del atardecer o el de sus plumas. Es sólo ver su vuelo rosado sobre el paisaje del altiplano para que invada la tranquilidad de la misión cumplida.

Cuesta creer que el enorme valle sobre el que corren, tan cerca de nosotros, los rebaños de llamas, de vicuñas y de suris –una especie de ñandú petiso, natural de la Puna– esté a 3750 metros sobre el nivel del mar. En su máxima cota, la laguna ha llegado a ocupar 15.000 hectáreas. Ahora apenas si llega a cien. Y aún así es un espejo de patos maiceros, barcinos y punas, éstos originales de la región y que se los reconoce por su pico azulado.

Lo demás es ocre y amarillo, salpicado por el verde seco de los tolares, que servirán de leña a los pobladores. Y alrededor todo termina en cerros. Es el mismo paisaje que se repite en cualquier dirección, alterado por las precarias casas de los pobladores, que viven del pastoreo de llamas, ovejas, cabras y burros, y aun basan buena parte de su economía en el trueque. En total son cerca de 46 familias de ascendencia colla asentadas a la vera de la laguna.

Vivir mal y poco

Felipa tiene 54 años y la cara curtida de tanto andar al sol. Parece mayor, mucho mayor. “Todo el día estoy afuera; como muy poco. Aquí la vida es muy dura, y se acaba pronto”, dice, como si el peso de la resignación la obligara a arrastrar cada palabra. La misma con la que tuvo que acostumbrarse a la sequía: “Ya no hay agua en la laguna. Sabía haber, pero cada año llueve menos”.

El guardaparque Gabriel Rocca, intendente de Pozuelos y nuestro guía en este viaje, dice que en la relación con los pobladores originarios el rol del personal de Parques Nacionales ha cambiado mucho durante los últimos años. “Antes, el hombre que habitaba los parques no era tenido en cuenta más que para su expulsión. Hoy se trabaja especialmente la integración con la comunidad, y se respeta el derecho indígena sobre las tierras y sus recursos”, explica Rocca.

En Abra Pampa, el contexto ha hecho que pongan el énfasis en ayudar a que los collas reclamen su participación en las explotaciones mineras, especialmente para que puedan exigir condiciones ambientales sustentables. “Aquí hay barrios construidos sobre la escoria del plomo. Chicos que no crecen, ni física ni mentalmente, por los niveles de plomo que tienen en la sangre. A veces es como si la vida de un colla valiera menos que una bolsa de plomo. Y el cambio es muy difícil: éste es un pueblo que ha pasado por 500 años de sometimiento”, dice Rocca.

En la plaza del pueblo, las mujeres hacen fila con sus hijos, en silencio, para que les saquen sangre en la casilla que el gobierno jujeño habilitó para poder relevar los índices plombemia en los habitantes.

Sólo después de que retiren las bolsas con los residuos de la mina abandonada los que estén contaminados podrán empezar un tratamiento para evitar posibles secuelas (como retrasos físicos y neurológicos, cáncer de útero, cáncer de huesos), explica el director de Política Sanitaria de la Provincia, Carlos Ripoll, que está allí trabajando con su equipo de enfermeras. “Si las fuentes de contaminación están presentes, es contraproducente, porque el plomo se absorbe más”, dice Ripoll. Confía en que el retiro se complete en unos seis meses. Quizás entonces sea el tiempo para que la Puna deje ver su paraíso, que también es grande.

Por Mercedes Funes
mfunes@lanacion.com.ar
Enviado especial