Monday, January 21, 2008

La Argentina inexplorada III / San Luis

LA NACION REVISTA


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Un lugar en el mundo

A 120 km de la capital puntana, el Parque Nacional Sierra de Las Quijadas es el fruto de millones de años de movimientos geológicos, que han creado un paisaje desértico y montañoso de una belleza fuera de este mundo

SAN LUIS.- El rojo de esa tierra árida que se deshace con cada pisada lo inunda todo. Fragilidad, desolación, sequedad. Polvo y arena imperan en una geografía tan caprichosa como única. Una postal de profundos cañones que dibuja en cada paso una imagen diferente en esos imponentes paredones que, golpeados por escasos vientos secos, desnudan la fragilidad de esas rocas que parecen descascararse.

¿Marte? No, no es Marte, pero basta sólo una mirada para sentir que uno tiene los pies en un paisaje más marciano que terrestre. Un cielo abierto, infinito, es testigo del silencio más absoluto, ese que deja que los pensamientos se escapen entre los labios que resisten la sequedad del aire mezclado con sal y el cianuro que se desprende del interior de la sierra.

Entre las rocas parece esconderse un John Wayne que espera librar una batalla en el mismísimo Gran Cañón del Colorado. La voz de Rubén Neira, intendente del Parque Nacional Sierra de Las Quijadas, rompe con el hechizo y revela las curiosas formaciones prehistóricas que se dibujan en el suelo desértico. Ya nada resulta imposible. El lento y pesado andar invita a un viaje al pasado en un lugar que remite a tantos y lo hace tan único. Y la mirada, otra vez, quiere abarcarlo todo y como una mueca la cabeza acierta, no hay duda del por qué, Adolfo Aristarain encontró en las Quijadas Un lugar en el mundo.

Area protegida

“Sobre 150 mil hectáreas de tierra se extiende El Parque Nacional Sierra de Las Quijadas”, cuenta Neira sin perder de vista la Ruta nacional Nº 147 que une la capital de San Luis con el imponente paisaje dominado por enormes muros de tierra y piedra.

Dice la historia que las sierras surgieron de un plegamiento de hace 25 millones de años y que desde ese entonces nunca se quedaron quietas. “Permanentemente las montañas de tierras son erosionadas por el agua y el viento”, explica el intendente del parque, lo que dio lugar a quiebres que generaron valles y quebradas profundas.

Integrada a la lista de Parques Nacionales en 1991, con el objetivo de conservar los ambientes representativos del Chaco árido y del monte y la preservación de yacimientos arqueológicos y paleontológicos, Sierra de las Quijadas está ubicada en el noroeste de la provincia de San Luis, en los departamentos Belgrano y Ayacucho y forma parte de uno de los tres grandes cordones montañosos que atraviesan la provincia: Sierra de Comechingones, cuyo cerro más alto, el de las Ovejas (2250 m), protege a la villa de Merlo y la Sierra de San Luis, sobre la que se recuesta el valle de Conlara.

Todo paisaje enigmático y monumental merece una historia casi cinematográfica para justificar el porqué de su nombre, y vaya que las Quijadas hace honor a la premisa. Cuentan que a fines del siglo XIX, las caravanas que unían San Juan con Buenos Aires sí o sí debían atravesar el paisaje, donde los esperaban los asaltantes de caminos que, ocultos entre las rocas, daban el golpe. Con su botín en mano, los gauchos matreros se perdían entre las laberínticas paredes. Allí mismo faenaban las vacas robadas y, entre los huesos esparcidos, los que más llamaban la atención de quienes recorrían esos caminos con terror eran las quijadas (mandíbulas) de los animales. Por lo que se comenzó a hablar de “los gauchos de las quijadas”. Generación tras generación se escuchó esta historia que, según dicen, dio origen al nombre de las sierras del noroeste puntano.

Mundo perdido

Quijadas, resabio de un territorio antiguo cuyo suelo permite leer las señales que dicen que hace millones de años existió en este lugar una inmensa laguna en la que se alimentaban dos especies de pterosaurio (reptiles voladores). El fósil sorprendió por su peculiar barba dentaria, que le permitía alimentarse filtrando microorganismos acuáticos como lo hacen las ballenas. También se encontraron huellas que parecen corresponder a diferentes tipos de dinosaurios: ornitópodos, saurópodos y terópodos.

El clima semiárido, con escasos cursos de agua y suelo desértico, posibilitó que se hallaran en las sierras valiosos yacimientos paleontológicos. Diversos rincones del parque atesoran troncos y raíces petrificadas. “Shhhh...–chista Rubén Neira–. Escuchen el silencio.” Por un instante uno puede sentir que un dinosaurio va a aparecer de un momento a otro.

A pocos kilómetros de la entrada hay un emplazamiento de más veinte hornillos o botijas usados por las poblaciones originarias, presumiblemente para la producción de cerámica, lo que da evidencias de antiguos asentamientos humanos.

Mucho hicieron el viento y el agua para dar forma a este paisaje repleto de columnas, farallones, acantilados, graderías y cornisas. Una invitación que bien vale la pena aceptar. Para ello se ofrecen tres circuitos: el de los Farallones, el de los Miradores y el de la Huella. Este último es el más accesible: cuenta con un sector alto y uno bajo que permite disfrutar de excelentes vistas del Potrero de la Aguada, una hoya profunda de ocho kilómetros de largo y seis de ancho, cavada por el viento y el agua en el vientre de la sierra. Uno de los principales atractivos que motivaron la elección de la zona como parque nacional. Para llegar al sector bajo y rastrear algunas huellas de pterosaurios y saurópodos hay que descender entre las rocas durante una hora.

El circuito de los Miradores requiere de un esfuerzo menor: permite observar desde lo alto el Potrero de la Aguada y el de los Farallones, que se encuentra al otro lado del valle. Para descender al valle, cruzarlos e internarse en los Farallones, grandes paredones que superan los 200 metros de altura, se requiere de cuatro horas y buen estado físico. Hay senderos interiores y huellas que permiten recorrer distintos sectores del reservorio y ser testigo del fino trabajo del viento sobre la piedra.

En perfecta armonía los tonos rojizos conviven con el verde de una vegetación que no pide permiso para crecer y se hace lugar en este paisaje desolado y de escasa humedad, que exige a las plantas poseer hojas pequeñas o transformadas en espinas. La jarilla, el cactus, el robusto quebracho blanco y chica (arbusto también llamado pequeño árbol, endémico de crecimiento lento y de madera dura), penden de altas paredes rocosas.

Por este mismo escenario transitan pumas, pecaríes, tortugas terrestres, la boa de las vizcacheras, guanacos, matuasto (lagarto grande medio amarillento) y zorros grises (suelen acercarse a la gente en busca de comida), el cardenal amarillo y el águila coronada, el loro barranquero, el pepitero de collar, el hornero, la chuña chica, mora, el cóndor y el halcón peregrino. El avistamiento de fauna no es tarea fácil, pero las medidas de preservación vigentes dentro y fuera del parque ya están dando resultados. Entre esas medidas de preservación se encuentra el control de la caza, que en buena parte realizan Félix Pereyra (28), guardaparque de apoyo, y Raúl Ocaña (25), voluntario. “Solemos internanos y permanecer varias noches a la espera de cazadores –explica Félix–, es una forma de control y de marcar territorio.”

Con la ayuda de los voluntarios se crean caminos, se señalizan senderos. “Con las motos recorremos y buscamos nuevos caminos –cuenta Raúl–, además de mantener contacto con las comunidades que viven a los alrededores del parque.”

Rubén Neira hace hincapié en la importancia de trabajar con las comunidades, en su mayoría descendientes de criollos y huarpes. “Es un trabajo de identidad, de identificación, de descubrir la zona y revalorizarla sin excluirlos; al contrario, es importante que las comunidades se incluyan, es la única manera de mantener un sano equilibrio. Integrar, de eso se trata.”

En ese integrar armonioso del hombre con la naturaleza sobresale el respeto por los recursos, por el trabajo y, sobre todo, el amor por esta tierra que deja leer en sus perfiles la historia labrada por los siglos.

Por Fabiana Scherer
fscherer@lanacion.com.ar

Para saber más:

www.parquesnacionales.gov.ar

www.lasquijadas.com

www.sanluis.gov.ar

Un ventana al pasado

Las tierras del Parque Nacional Sierra de las Quijadas fueron erosionadas a través de los siglos por el agua y el viento, conformando caprichosas formas, como por ejemplo el Potrero de la Aguada: un impactante anfiteatro natural recorrido por un pequeño arroyo y rodeado de cerros, como el Cerro El Portillo, de 1200 metros sobre el nivel de mar, y el Cerro El Mogote, de 1100 metros, son las mayores elevaciones. Según estudios realizados por la Universidad Nacional de San Luis, el licenciado David Rivarola establece que “el relleno de la cuenca de Quijadas pudo haber durado unos 20 millones de años aproximadamente, y sobre la base de los datos de que se disponen es posible estimar qué sucedió entre los 120 y 100 millones de años atrás, durante el período cretácico de la era Mesozoica.

Durante ese tiempo se acumularon más de mil metros de sedimentos con características y fósiles particulares en cada etapa.

Las características de cada una de ellas, por ejemplo su composición, color, etcétera, permitieron dividir al conjunto de capas en varias formaciones geológicas, que son las que hoy se observan transitando las quebradas y valles de las Quijadas”.

Cómo llegar

Desde la ciudad de San Luis se llega por la ruta nacional Nº 147, que constituye uno de los límites del parque. A la altura del paraje de Hualtarán –a 120 km de San Luis–, se toma un camino de tierra que se interna en el parque, y luego de aproximadamente 8 km se llega al Potrero de la Aguada. Desde la ciudad de San Juan o desde el nordeste de San Luis, se accede por la ruta nacional Nº 20, empalmando por la ruta nacional Nº 147.

Servicios

Es importante que antes de viajar se informen en las direcciones electrónicas y/o teléfono de la Oficina del PN Sierra de las Quijadas, sobre los horarios más propicios para realizar la visita en diferentes épocas del año. En el Parque Nacional hay un área de acampe agreste. Como otros Parques Nacionales de reciente creación, el área aún no cuenta con todos los servicios requeridos para el visitante. Se recomienda ir provisto de agua.

Recorridos

Miradores. 1.30 horas de caminata, dificultad baja.

Huella. 2.30 horas de caminata, dificultad media.

Farallones. 4.30 horas de caminata, dificultad de media a alta.

Recomendaciones

Clima. Arido de tipo serrano, con grandes amplitudes térmicas, fuerte insolación en el día y bajas temperaturas por la noche.

Comunicaciones. Muy rara vez los celulares poseen señal.

Estación de servicio. Los lugares más cercanos son Encón, San Juan, a 90 kilómetros; Luján, San Luis, a 100 kilómetros, y San Luis capital, a 120 km Del parque.

Contactos

Parque Nacional Sierra de las Quijadas. Teléfono: (02652) 445-141. Correo electrónico: extensionquijadas@apn.gov.ar; usopublicoquijadas@apn.gov.ar. Administración de Parques Nacionales. Teléfono: (011) 4311-6633/0303. Correo electrónico: informes@apn.gov.ar