El cóndor andino, amo y señor de los cielos Foto: Martin Lucesole (Enviado especial)
LA NACIÓN REVISTA
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La Argentina inexplorada / Córdoba
Una ventana a la naturaleza serranaEnclavado en una gran zona virgen, el Parque Nacional Quebrada del Condorito -que protege las cuencas hídricas que conforman el 75% de provisión de agua de los cordobeses- integra flora y fauna de la región andina, el pastizal pampeano, la estepa patagónica y la zona chaqueña
Por Fabiana Scherer (enviada especial)
CORDOBA.– Uno, dos, tres, cuatro. Cuatro son los cóndores que emprenden el regreso. El sol se recuesta sobre la ladera sur de la quebrada y las aves están dispuestas a dejarse acariciar por los últimos rayos del día. El continuo caer del agua, los olores de los verdes serranos, el infinito trinar de los pájaros y la leve brisa que cosquillea los cuerpos invitan a respirar profundo y a llenarse de una reconfortante sensación de libertad. La misma que uno descubre en los ojos de Jerónimo Altamirano. “Yo ya vivía acá antes de que llegara el parque. Me crié en Pampa de Achala”, cuenta en el mismo instante en que sus anchas y agrietadas manos comienzan a girar entre sí. Jerónimo tiene 64 años y un cuerpo en el que parecen no caberle el orgullo y la satisfacción de ser para los jóvenes guardaparques el “gran guía”. “El parque me adoptó”, asegura el hombre que conoce cada rincón de la tierra que el 28 de noviembre de 1996 se transformó en el Parque Nacional Quebrada del Condorito. “El primero en la provincia de Córdoba”, dice para descartar cualquier confusión.
Enclavado en 37.364 hectáreas de una gran zona virgen de las sierras –área natural del gobierno provincial– se encuentra el parque que protege la naciente de las cuencas hídricas, la reserva que constituye el 75% de provisión de agua de los cordobeses. “Asegurar la conservación de las cabeceras de cuenca a través de un adecuado manejo de la flora, la fauna y el suelo; de eso se trata –enfatiza Pedro Darío Ramírez, intendente del parque–. La Quebrada del Condorito abarca parte del cordón de las Sierras Grandes y la altiplanicie de Pampa de Achala.”
Una gran isla rocosa de 15 millones de años, eso es Pampa de Achala, donde confluyen animales y vegetales típicos de la región andina, del pastizal pampeano, de la estepa patagónica y de la región chaqueña.
De los Andes a las sierras, podría titular Edmundo de Amicis la historia que tiene como protagonista al cóndor andino, el “rey de las alturas”, como prefiere llamarlo Jerónimo. “Pampa de Achala es el punto más extremo hacia el Este donde se lo puede ver”, asegura don Altamirano. Los científicos aún no determinaron por qué los cóndores conviven en las paredes graníticas de la quebrada que da nombre al parque, un profundo cañadón en forma de V de 800 metros de profundidad. “Este lugar –explica Ramírez– podría ser elegido por las aves debido a su clima, que les permite a los más jóvenes perfeccionar su vuelo.” Uno de los censos más recientes relevó cien ejemplares en los apostaderos.
Durante muchos años, la población de cóndores fue depredada porque se creía que atacaba al ganado. “Nada más alejado de la realidad –dirá más tarde Cristián Sosa, el joven guardaparque con los ojos clavados en el cielo que cubre el balcón mirador ubicado enfrente, a 1500 metros de distancia de la pared que anidan los cóndores–. Muchos pueden decir que tiene un aspecto temible al verlo con sus alas desplegadas (suelen alcanzar los tres metros de envergadura), pero no hay que asustarse porque son aves carroñeras por excelencia (se alimentan de animales muertos); nunca atacan a los animales, y menos al hombre. Cumplen una función importantísima en la naturaleza: recogen residuos orgánicos.”
La recuperación es lenta. “La hembra pone un solo huevo cada dos o tres años –advierte Ramírez– y el pichón rompe la cáscara después de un largo período de incubación.”
Donde mueren los saltos de la cascada, y desde el mismo balcón, se puede presenciar –con mucha suerte– el baño de los cóndores. “Es un ritual –explica Sosa, el muchacho que creció en Entre Ríos–, a la hoya se sumergen primero los más viejos y luego los jóvenes; cuestión de jerarquía y de respeto. Si un cóndor joven está en el agua y un viejo se acerca, el primero deja su lugar.”
Aguilas moras, aguiluchos, vencejos de collar y jotes sobrevuelan esos mismos cielos y suelen confundir a los más desprevenidos, que con cámaras en mano pueden llevarse el souvenir equivocado.
Tras las sierras
Llegar al Parque Nacional Quebrada del Condorito tiene su encanto, una invitación a recorrer el camino de Traslasierra y sus pueblos, como Las Rosas, Los Hornillos, Nono, hasta llegar a la ya mítica localidad de Mina Clavero, que es donde se empalma con la ruta de las Altas Cumbres (ex ruta 20).
“En el imaginario popular creían que íbamos a echar a todos los que vivían en los alrededores para proteger la zona –explica Pedro Darío Ramírez–. Con el apoyo del Banco Mundial se realizaron talleres de formación en diversas áreas: producción animal (cría de ovinos y vacunos), huertas, aves de corral, productos artesanales para autoconsumo y venta, tejidos, trabajo en cuero, en pieles y artesanías. Y, por supuesto, el cuidado del parque y el turismo. Se pensó en ofrecerles un trabajo sustentable en el tiempo.”
A un costado de la ruta, pieles de chivito, oveja y cabra cuelgan de un tendedero. A pasitos nomás está el puesto de Frailand Ponce. “Se vende bien –dice, a la vez que intenta reforzar el techo ante la amenaza del viento–. Hace diez años que vivo acá.” El acá de Frailand es a 100 metros de la ruta, en una casita que parece sacada de una postal. “Vivo acá con mi señora. Mi mujer y mis hijas hacen las cerámicas”, y muestra unas vasijas.
Con cielo despejado es posible ver parte del valle de Punilla, la ciudad de Villa Carlos Paz y el gran macizo de las Sierras Grandes. Con algo de suerte, el zorro colorado de Achala (raza exclusiva de la serranía) se cruzará por el camino y, si el día es caluroso, el lagarto de Achala. Este reptil endémico suele asolearse en las rocas; eso sí: se requieren paciencia y silencio para apreciarlo. Más difícil –aunque no imposible– es ver a lo lejos algún puma.
En las quebradas y laderas conviven el tabaquillo y el maitén en forma de pequeños bosques. La coexistencia de estas especies es única. El tabaquillo (su corteza castaño rojiza es similar a las hojas de tabaco secas) se distribuye a lo largo de los Andes desde Venezuela hasta nuestro país; el maitén es andino-patagónico. Un lugar de encuentro. O, como dice don Jerónimo Altamirano, “una declaración de la naturaleza”. Y razón no le falta, porque todas las expresiones de la sierra parecen resumirse en este paisaje de quebradas rocosas, pajonales y cortaderas.
Para saber más:
quebradadelcondorito@apn.gov.ar
www.parquesnacionales.gov.ar
Cómo se llega
Vías de acceso: ruta provincial Nº 34 (ruta de las altas cumbres), entre Villa Carlos Paz y Mina Clavero, a mitad del recorrido. Se ingresa al área noreste por el paraje La Pampilla. Es una entrada privada, todavía no se construyó el acceso directo al Parque. Se aconseja estacionar el auto en el puesto de artesanías, a unos 2 km del lugar.
Recorrido: la senda, que recorre unos 22 km, está señalizada y tiene dos caminos alternativos, uno para hacer trekking o circular en bicicleta. Hay carteles indicadores con toda la información sobre los niveles de dificultad de los caminos, las medidas de precaución básicas y el acceso a las áreas de acampe agrestes.
Reintroducción del guanaco
“Hace 200 años había guanacos en toda esta parte de Achala y se extinguieron. Por la caza y por la producción ganadera”, explica Ramírez. El sobrepastoreo arrasó con los pastizales y bosques, y hoy sigue siendo un factor principal de degradación del ambiente.
Un equipo interdisciplinario de técnicos e instituciones comenzó a trabajar en un proceso de restauración ambiental, que consiste inicialmente en la reintroducción de un grupo de guanacos patagónicos dentro del parque. A mediados de 2005 comenzó a implementarse el proyecto piloto.